El Duende

¿Por qué yo?, una y otra vez me hice esa pregunta, que ahora, siempre de forma presunta, creo haber resuelto, no era tan difícil la verdad sea dicha, claro que a toro pasado las dificultades siempre encogen.

Lógica simple y estricta; aprovechaste uno de esos paseos que de vez en cuando – casi siempre con el mismo itinerario suelo darme por los jardines de Murillo dirección a la Judería sevillana- para adentrarte y apoderarte de mi ser, sin pedir permiso, sin ni siquiera mirarme, un visto y no visto y zas, de un plumazo, le cambiaste la vida a una persona sin más, a una víctima de tu capricho, a alguien que, como tantas otras veces, solo quería impregnarse una vez más de los aromas tapiados del Alcázar, de la fragancia a clorofila y madera húmeda de esos árboles centenarios, que hoy se que durante siglos, fue tu hogar y el de tus homónimos, tu escondrijo. Puedo incluso -gracias a la memoria retroactiva- describir el momento exacto del atraco, fueron segundos, como mucho tres, paré de golpe y porrazo el movimiento de mis pasos sin saber porque, sentí algo extraño en mí, y después, como persona medio normal que me consideraba, me dije a mi mismo que era tonto por las rarezas que pensaba y hacía, lo tenías todo calculado, y, por supuesto no ibas a ciegas, los siglos dan sapiencia y yo era una presa fácil…demasiado fácil como para defenderme. Mi pasión por la ciudad, mi inquietud por sus misterios, mi romanticismo añejo y oculto -no para ti claro-, mi por entonces incipiente idilio con los versos y la retórica…era simplemente la víctima perfecta; una cría de la manada de turno ante las garras de un león, porque incluso la fiera con corona juega siempre a caballo ganador, cuando la necesidad aprieta el honor es un mero detalle a no tener en cuenta ¿verdad?.

También estabas al tanto de mi condición de amante, con lo cual tu proyecto estaba asegurado a largo plazo, la barrera del amor no sería obstáculo, yo sería para ti como esa falsa moneda que va de mano en mano, pero claro, en esta tierra en cuanto juntas treinta de ellas, como por obra divina se tornan silueta de túnica blanca, junto a beso presunto que camina sobre un Getsemaní de caoba, ¿lo ves? esto último…¿lo escribiste tu o yo?.

Vivo con la continua duda de si soy un elegido o el necesario conducto para que puedas realizar tus maniobras, dar a conocer tus habilidades, o vivir la vida que escondido no podías, si recibí un premio o un okupa que un buen día, simplemente quiso cambiar de hogar o mejorar su calidad de vida.

He de decirte, que tres años después, la semilla que sembraste en el lodo de mis entrañas sigue floreciendo fuerte y fértil, con raíces más agarradas si cabe, incluso mi entorno ya me llama por tu nombre; tengo un buen amigo, algo envidiado él, – lleva una vida sobre ruedas- que me conoce por tus manos, y sigue expandiéndose con pasitos cortos pero firmes, y no creas que son celos, de verdad, lo que me mata es no controlarte, no poder invocarte; apareces cuando quieres y lo haces fácil, en alguna que otra contienda te llamé y no apareciste con lo cual, pienso que soy más de tí que tú de mí, y las diferencias son fáciles, si lo hago bonito mérito tuyo, si es al contrario, falló el hombre; claro, que sencillo, pues una cosa voy a decirte DUENDE; contra las zarpas, astucia, así que no me molestaré en explicarle a nadie, cuando los halagos me acaricien, que el mérito no es mío, te doy tu sitio de león, en esta tu selva, pero yo seré ese zorro que escondido en su madriguera aguarda el momento de darse su pequeño festín.

Tampoco puedo decirte que este cuerpo es pequeño para los dos, ¿te imaginas si yo perdiera el duelo?, yo no quiero ni pensarlo, seguiremos conviviendo, no nos queda otra, mientras, mi perfil humano seguirá día a día con la interna batalla titánica de no perder con mi nombre, lo que gano con el tuyo.

J.M.R.M o Duende de Sevilla, juzguen ustedes…

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